domingo, febrero 07, 2010

Pilas con el negrito

Debo empezar aclarando que no soy racista. Algunos de mis mejores amigos de toda la vida tienen ese tinte en su piel.

Pilas con el negrito. Podría tener una camiseta colorida. En nuestro caso, la tenía de color naranja fuerte.

Ya nos habían advertido en Cali, en Bogotá, la aerolínea, los asistentes de vuelo. Todo el mundo lo había dicho y por tanto lo sabíamos. Llegando a Nueva York, tienen que tomar las maletas y volverlas a depositar en la banda transportadora. Por razones de aduana. Igualitico que entrando a Canadá por Toronto.

Pues eso hicimos. Tomamos las maletas, luego del proceso de inmigración, y seguimos las indicaciones y anuncios para la gente que tiene conexión con otros vuelos. Y como nosotros viajábamos a Burlington, pues estábamos incluidos en ese grupo.

Cuando llegamos a la sala, alguien nos indicó que debíamos poner las maletas junto a la banda transportadora. Junto. Aún no en ella. O alguien lo haría más tarde. Nunca supe.

Luego de poner las maletas allí debíamos hacer la fila que iba hacia la zona de inspección. Creo que la famosa. La de los colombianos llegando a Nueva York. La que se supone que hace que uno se sienta humillado y demás cosas que cuentan de ese mito. Donde lo esculcan y desnudan a uno. La de los cuartos privados. Nunca supe.

Cuando nos dirigíamos a la susodicha, el negrito, que ya nos había estado señalando la fila, se nos vino encima y empezó a señalar a Juana y a la bebé (que venía en el coche). Que la señora tiene que subir al tercer piso usando el ascensor. Ok. Gracias. Nosotros seguíamos intentando hacer la fila. Pero el negrito insistía. Que ella tiene que usar el ascensor, que con el coche no puede subir por las escaleras. Ok. Gracias. Muy amable. Pero que la señora… Entonces le pregunté que qué era lo que quería. Nada. Que la señora tiene que usar el ascensor porque el coche… Ok. Pero no debemos hacer la fila para…? No. No. Que la señora… Pero ya? Sí. Sí. Ya. Que suba al tercer…. Ok. Y entonces cómo hago para encontrarme con ella? Allá. En el tercer piso se encuentran, cuando usted salga de la inspección. Ok. Gracias.

Pues Juana y la bebé salieron de la sala en busca del ascensor. No había más remedio. Ante la insistencia del negrito…

La fila estaba desocupada. Yo llegué donde el oficial que había tenido una mala noche. Le presenté los pasaportes de los tres y los pasabordos. Hágame el favor de poner cada pasabordo con cada pasaporte, me dijo. Ok. Eso hice. Y cuándo se los entregué me dijo: Y su esposa? Qué! Pues el muchcho que está allí (y señalé) (y no lo llamé negrito) el de camiseta naranja nos dijo que ella… Qué qué? Sí. El muchacho que está allá nos dijo que ella tenía que usar el ascensor para… Quién? Pues el muchacho que… No señor! Para inspeccionarlos, todos tienen que estar aquí! Sí. Pero fue que el muchacho (yo seguía evitando llamarlo negrito) me dijo que… Pues aquí tienen que estar todos! Que pena. Entonces por favor dígale al negrito que no diga que… Qué quiera que le diga???? Ok. Ok. Y entonces qué hacemos ahora? Pues vaya y busque a su esposa! Ok.

Le eché madres a ya saben quien. Pa’ qué que eso hice. Obviamente en la cabeza, pero lo hice. Ya rezaré algunas Ave Marías por eso. Tomé los pasaportes y los pasabordos y salí volado en busca de Juana y la bebé. Se me ocurrió que si las instrucciones habían sido erróneas, nos íbamos a perder.

Encontré a Juana en el tal tercer piso y nos devolvimos para intentar continuar con nuestro proceso.

Pues no. Al intentar regresar a la sala un vigilante nos impidió el paso. Es que en los aeropuertos no siempre se puede volver a entrar por donde uno ya ha salido. Le traté de explicar lo que había ocurrido. El caso fue que no nos dejó entrar. Llamó a los gritos a alguien de Delta. Nadie vino. Nos dijo que esperáramos ahí que más adelante vendría alguien de equipajes. De equipajes?? Nosotros no tenemos ningún problema con nuestro equipaje. Nada. Esperen aquí.

El de equipajes. Todo un personaje. Como alemán, creo yo. Eso pensé por su acento. Y venía seguido de 4 o 5 colombianos. En filita. Pues el señor se metió en una oficina y el primer colombiano se le pegó. Yo me puse como en el segundo lugar, pero a distancia prudente. El segundo colombiano se me pegó a mí. Una persona homosexual, se me ocurrió. Que sigamos al señor, eso nos dijo, me dijo como empujándome para que nos pegáramos al primero. Hombre, pero tampoco! Esperemos que atienda al otro coterráneo.

Pues pasaron como cien años mientras atendía al primero. Se me ocurrió que el funcionario era una de esas personas afortunadas que ya descubrieron que nada debería ser urgente, que la vida es bella, que cada minuto hay que disfrutarlo como el último y cosas así. De una parsimonia! Explicaba con lujos de detalles al compatriota el proceso para recuperar sus maletas y el cómo de lo desafortunada de esa situación que él hubiera, y que todos hubiéramos, preferido no hubiera sido así y de como si se seguían adecuadamente el conjunto de instrucciones que estaba por impartirle todo se resolvería y haría que el infortunado evento, totalmente fuera de control y de toda previsión de parte de él como funcionario y de la compañía que el muy orgullosamente representaba….

En fin.

Luego de los cien años, pues me tocó el turno a mí. Al fin y al cabo yo estaba allí antes que los demás infortunados.

Buenos días, señor. Mire, es que yo estaba depositando las maletas al lado… y entonces vino un muchacho… Sus tiquetes de las maletas por favor! No señor, muchas gracias. Yo no tengo ningún problema con mis maletas. Lo que ocurre es que yo… Sus tiquetes de las maletas! Señor, pero si yo estoy aquí es porque… Los tiquetes! Le entregué los tiquetes de las maletas. Ayayay. El hombre tecleo los números en su computador. Como si fuera su primer día de trabajo. Como si tuviera 18 años y nada, nada le importara de la vida.

Tenemos un problema. Sus maletas ya están en la aduana. Sí. Gracias. Yo sé que no están perdidas… Espere allí! No. Señor lo que pasa es que… No. Usted debe esperar! Perdón? Usted debe esperar. Esperar a qué? Esperar a que yo atienda a todas estas personas. Pero si mis maletas… Haga el favor de esperar a que yo atienda a todas estas personas. Y dónde debo esperar? (Yo ya resignado a que no iba a haber una solución fácil). Espere allí (y me señalaba una pequeña área de espera a la entrada de la oficina).

Yo me retiré, echándole más madres adivinen a quien? Yo hacía la cuenta. Cuatro multiplicado por cien años, eso son como mil años! Y nuestro vuelo era como en una hora! Y vuelos de Nueva York a Burlington deben ser casi tan frecuentes como los vuelos a Alaska o algo así!

Juana me decía que comiera bananito. Que eso era bueno para el estrés.

A los mil años, el hombre nos atendió, nos hizo mostrarle en un catálogo la forma de las maletas, nos preguntó si venían aseguradas con algún candado, nos pidió la llave del candado, nos sacó de la oficina, nos dijo que los esperáramos y desapareció.

Otros mil años después apareció diciendo que no había ningún problema. Que las maletas ya iban rumbo a Burlington. Y más importante aún. Que respetuosamente quería hacerme una sugerencia importante. Es muy importante e imperativo que cada vez que usted vuele haciendo escala a través de suelo americano, se asegure de seguir el procedimiento según el cual las personas en tránsito deben, y es su responsabilidad acometer y seguir estas instrucciones, tomar siempre su equipaje, sin importar la proveniencia o lugar inicial de partida, para luego depositarlo en la banda transportadora. Es por razones de aduana, me dijo.

No me diga!

Yo ya estaba al borde. Así que respiré profundo y dejé que el señor terminara de darme su sermón. Al final, como otros quinientos años después, el señor, como mágicamente y sin ningún aviso previo, se quedó callado. Parecía que había terminado de expresar sus ideas.

Usted me permite una palabra? Le dije. Sí. Claro. Señor, es que usted no me ha permitido explicarle que ese fue el procedimiento que yo seguí. Lo que ocurrió fue que un negrito… (y según recuerdo, esta vez si no me aguanté y lo llamé negrito, que pena). Ustedes ya saben el resto de la historia que le conté.

Ni me acuerdo que nos contestó. Salimos volados para tratar de alcanzar el avión.

Me quedé con la duda sobre qué era lo que pasaba en la tal fila de seguridad. Y como yo soy cuadriculado, pues me quedé con la sensación de que ese cabo había quedado suelto, que ese proceso estaba mocho, que cómo iba a hacer para seguir con mi vida sin haber seguido el procedimiento…

Para encontrarnos con otras dos o tres líneas de inspección para abordar el siguiente vuelo. Quitándonos zapatos, correas, sacando la bebé del confort de su sueño en el coche, etc. Ayayayay.

3 comentarios:

  1. Anónimo6:57 p. m.

    excelente crónica, desde el aeropuerto uno se va desilusionando de estos países que presumen de estrictos en los aeropuertos mientras dejan entrar las drogas por otras rutas conocidas por la policía. La discriminación y el racismo es inherente a los gringos sean blancos o negros. Cada día me desilusiono más de norteamérica, la salud, la educación, la contaminación que producen, la lista es interminable.

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  2. Que divertida historia !!!! Yo uso mi razon y evito los aeropuertos de usa !! para mi que se queden con su paranoira


    bye

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  3. MMM otro tipo de pesadilla, no solo el de la requisa y el racismo, pero......saliste victorioso y con mucha paciencia y tolerancia, cosa que no tienen muchos, felicidades.

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