lunes, septiembre 03, 2007

Tal como le cuentan a uno que se ven las cosas en las tragedias, pasó como en cámara lenta.

Yo sólo veía la cara de terror de Maria José mientras que la canoa se llenaba y se llenaba de agua y cómo el fondo de la misma se convertía en una pared detrás de mi muchacha.

Afortunadamente yo tengo ese pensamiento que me acompaña en los temblores y terremotos del terruño en el cual nunca se me ocurre que algo realmente malo va a pasar.

Luego llegamos a la conclusión de que todo el problema había sido causado por la repentina decisión de María del Mar de también querer regresar al bote.

El día había estado precioso. Hicimos algo de vela antes del medio día, hasta que María, Marsha, la hija de Lorenz, y las mías se iban desesperando porque querían llegar ya a la playa. Estábamos en el lago, como en el camino del río Ottawa. Aprendí que uno podría llegar hasta Halifax usando ese río o ir hasta el San Lorenzo. Va uno entendiendo la geografía.

Luego de un buen rato en la playa, decidimos que ya era hora de regresar. Nos tocó volver a la playa nudista, donde habíamos dejado la canoa.

Sí se me había hecho raro a la hora de la llegada. Yo veía a lo lejos una persona tratando de subirse a una pequeña embarcación y no podía decidir si era una señora de edad o un señor y tampoco entendía de qué color era que era ese berraco vestido de baño. Hasta que ya estábamos demasiado cerca, y tal como luego lo expresó Lorenz, no era correcto devolverse. Primero, porque no podíamos dejar en las niñas la idea de que había algo malo en el nudismo y segundo, mi propio pensamiento, tampoco sería muy bien visto por los bañistas ver a una embarcación acercarse para que luego se retirara así como así.

Tomamos la canoa y emprendimos el camino hacia el bote. Aunque el mar estaba picado el retorno fue relativamente simple y lo hicimos en pocos minutos. María (así prefiere que la llamen) quería quedarse en la canoa de nuevo, tal como lo hizo en buena parte el viaje y ser remolcada por el bote de vela. Mis hijas, que ya habían por fin hecho amistad con ella y ya intercambiaban palabras en francés, inglés, español y ruso con ella, también decidieron quedarse porque les pareció divertido.

Obviamente mis hijas no hablan ruso, pero María sí. Sólo trato de contarles cómo les tocaba con lo que fuera para poder entender dónde diablos estaba la cabeza de la tortuga hecha de arena o si se trataba más bien de un extraterrestre. Obviamente María no habla ni pizca de español.

Tuvimos un incidente con el mástil y Lorenz pensó que lo había vuelto a dañar y que se trataba de otro chistecito de 4.000 dólares. Afortunadamente no fue así. Mientras el hombre reparaba el bote, yo conducía en dirección al único inmenso, imprudente e inaceptable edificio del paisaje, que resulta ser la indicación para llegar al club y a la casa de campo.

En idas y venidas y entre cambios de motor a vela y de vela a motor, Maria José se iba aburriendo en la canoa y dijo que quería regresar al bote. Aplacé mi gaseosa y empezamos la maniobra para halar la cuerda de la canoa y permitir a la nena bajarse.

Cuando la canoa ya estaba al lado del bote, María del Mar dijo que ella también quería bajarse y mientras lo decía, se puso de pie para abordar primero, pues estaba en el lado más cercano. En ese preciso momento entramos en el viento y el bote de vela tomó velocidad. No sé si cambiamos de curso o qué, pero el caso fue que la canoa empezó a alejarse.

Lorenz alcanzó a gritar algo, pero creo que nadie le entendió. Yo ni recuerdo. El caso fue que María del Mar siguió intentando la maniobra y siguió de pie, como tratando de alcanzar la baranda. Pues obviamente la canoa se desestabilizó, ayudada por el hecho de que la nena se paró en el borde de la misma. Inmediatamente cayó al agua.

Fue cuando vi a María José con la cara de terror. Yo no me asusté. Nunca pasa nada malo. De todas formas, la nena no sabía que hacer y su instinto la hizo quedarse pegadita a la canoa. Creo que todavía no había empezado a llorar. Lo que si alcanzó a darme un poco de angustia fue ver cómo María estaba fuera de la canoa, ya en el agua, María del Mar también, pero María José terminaba debajo de la embarcación.

María del Mar empezó a llorar y yo a pensar que era mejor estar por ahí cerquita, así que me quité la camisa y salté al agua. No sé ni cuanto tiempo me tomó llegar junto a las muchachas pero ya estaban supremamente alteradas. Luego me enteré que mientras yo nadaba, María había sacado a Mariajo de debajo de la canoa.

Mi esfuerzo consistió entonces en tratar de calmar primero a María del Mar y luego a Mariajo. La nena empezó a sujetarse fuertemente de mí. Ellas tenían chalecos salvavidas pero yo no. Lorenz luego cayó en cuenta de que hubiera sido mejor que yo me hubiera puesto uno antes de saltar al agua o el hubiera podido habérmelo lanzado. Lo peor es que cuando dio “luego” es haciendo referencia a la hora de la comida en la casa de campo. Un poco tarde, no?

A María del Mar, me tocó pedirle casi a los gritos que se alejara de Mariajo y que no tratara de consolarla con caricias. Era muy peligroso. Mariajo estaba superangustiada y yo escasamente podía mantenerme a flote con ella agarrada de mi cuello y llorando desesperadamente.

Su principal angustia era porque no podía ver. Resulta que le habíamos puesto un chaleco un poco grande y entonces ella quedaba prácticamente dentro de él. Se me ocurrió entonces abrirle el broche superior (quedaban otros 3, frescos). Eso le dio a la nena la capacidad de ver y la tranquilizó un poco. También le permitió usar sus manos para sujetarse al chaleco, luego de que por fin soltara el bendito tarrito que traía en la mano y que quería llevarse para España. Un bendito tarro de botar a la basura luego de haberse uno comido los pedacitos de helado que traía dentro.

El agua estaba realmente fría. Yo ya estaba muerto de sostener a la nena con una mano y con la otra tratando de mantener a flote un zapato de cada uno de nosotros. No tenía idea si los otros se habían perdido, pero valía la pena intentar salvar algo, por si aparecían.

Cuando empecé a buscar el bote, Lorenz estaba realmente lejos. Imagino que se cambió de vela a motor para tener maniobrabilidad.

Ya Maria José se iba calmando, pero no paraba de llorar. Por fin llegó el bote, pero sin detenerse. María se había encargado de María del Mar y yo pude empujar a Mariajo hasta la escalinata del bote. Cuando por fin las vi arriba, descansé del alma. Faltaba el cuerpo.

Lorenz haló la canoa, completamente inundada. Yo seguía tratando de salvar los zapatos. El bendito tarro estaba ahí flotando, muy tranquilo, como si nada.

Con mi último aliento, nadé tratando de alcanzar la escalera, que seguía alejándose. Lorenz notó mi cansancio y me daba instrucciones sobre los zapatos o la canoa. El caso es que finalmente me recuperé y llegué.

Las nenas estaban congeladas y les ordenamos meterse a la cabina y cambiarse lo más pronto posible. Yo no paraba de traducir de aquí para allá y de acá para allá porque todos querían saber lo que decían los otros. No vayan a pensar que ya aprendí ruso. Las conversaciones iban y venían del inglés al español y viceversa.

Pudimos aprender de la experiencia y eso es lo valioso del asunto. Nadie salió lastimado, las nenas están bien.

Tal vez lo que más me reconfortó fue cuando más tarde María del Mar me dijo que yo le había cumplido una promesa que yo mismo había olvidado que había hecho. En el viaje anterior al lago ella me había preguntado sobre lo que yo haría en caso de que el bote en el que ellas viajaban se volteara.

Yo le había contestado: “Yo me lanzo al agua inmediatamente, mi amor”.

3 comentarios:

  1. !Que susto por Dios¡, afortunadamente están todos bien y no pasó a mayores.

    Saludos.

    Alexa y Alex

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  2. Saludos,
    Mi nombre es Alain y comencé mi propio blog se llama Bonjour Quebec:

    http://bonjourquebec.blogspot.com

    Trata sobre mi proceso de inmigración a Canadá por la provincia de Quebec-Montreal

    Muchas Gracias y saludos..

    Alain

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  3. Anónimo9:17 p. m.

    uy
    hasta frio me dio
    esta de suspenso tu relato

    saludos desde montreal

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